Apaga el celular.
Con la ausencia del reloj
delimitando
nuestras ganas,
amémonos la piel.
Deja que tu libido
se encienda ante el switch-on
de nuestros labios,
que la noche nos entregue a la mañana.
Entre sombras y tus piernas
me acorralas
y me llevas a tu sitio predilecto
en esta habitación.
Tiende tu figura sobre mi.
Y olvida nuestros nombres,
pues no habrán de pronunciarse
si en tu boca esta pasión
es un vocablo
interminable
y en la mía hay una brújula
buscando el tibio norte
de tu medio ser.
Poco a poco tú me sueltas,
y por mi te reconoces
cuando nacen de mis manos
vibraciones que te pueblan
de placer.
Y te meces como barco a la deriva.
Alzo la mirada
y en tu rostro hay acertijos
de apremiante solución.
Pero de ambos es la noche en este marzo,
y me ordenas subyugarme ante tu mano:
me gobiernas como lo hace una amazona
en sus dominios,
temeraria y perspicaz.
Cual cardumen de salmones
remontando río arriba,
con tu lengua me recorres
y te encumbras sobre mi.
Toman tus caderas el control
del universo
y en el eje de mi cuerpo
gira el mundo.
Todo instante se prolonga al infinito.
Próxima al orgasmo
te detienes,
como presa que no cree
su libertad,
como el ave en cautiverio
que al umbral de su rejilla
mira atónita el pasaje a lo exterior.
No hay entre la noche una mejor promesa
que el acorde
acelerado en tu garganta,
haciendo eco para siempre
en mi memoria.
Y retoman tus caderas
el control del universo:
como albatros preparando el vuelo
parecieras extender tus alas.
Ya tus pechos son tan firmes
como el eje donde gira el mundo.
De tu cuerpo,
como un arco,
surge un grito
libertario…
Y el instante se prolonga al infinito.