No lo oculto: los silencios repentinos me provocan delirio, me enferman; puedo malinterpretarlos en mil y una formas. Me remiten a los finales anticipados: ayer mismo abandoné la mesa sin probar siquiera el café.
Y es que al acto de callar le acompaña, invariablemente, la mirada sentenciosa.
Me enferma que la palabra sea derrotada.
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Excelente, qué bien Ulises! creo que con cada trabajo uno puede regodearse en la técnica y el oficio que tienes para escribir, aún cuando me gusten los silencios, no sé, será porque puedo (mal) interpretarlos de mil formas distintas. Un abrazo, amigo.
Los silencios dan para todo y todos, Ismael.
Gracias por tu visita.