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No lo oculto: los silencios repentinos me provocan delirio, me enferman; puedo malinterpretarlos en mil y una formas.  Me remiten a los finales anticipados: ayer mismo abandoné la mesa sin probar siquiera el café.

Y es que al acto de callar le acompaña, invariablemente, la mirada sentenciosa.

Me enferma que la palabra sea derrotada.


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